Yeta Ramírez de la Mota: “Una feminista asume una concepción revolucionaria del rol de la mujer en la sociedad”

Cuando Enriqueta ‘Yeta’ Ramírez de la Mota llegó a Nicaragua ya tenía un camino recorrido trabajando con gente campesina en su país natal, República Dominicana. En los años 70 trabajó de la mano de los jesuitas en un centro de promoción agraria con mujeres en zonas rurales de su país. Ya en los ‘80 comulgaba con la teología de la liberación y se ennotó con la propuesta de educación popular de Paulo Freire, que en sus palabras amplió su mente desde una “visión política liberadora”, incorporando también la reflexión de género incipiente en esa época.

Para Yeta, la educación popular partía de que las personas descubrieran y reflexionaran sobre su realidad y buscaran alternativas para cambiarla. Como hermana altagraciana era una laica consagrada, es decir, vivía de su propio trabajo, pero dedicaba mucho tiempo al servicio de las demás personas inspirada en su compromiso cristiano.

Para ella la espiritualidad “es un poder interno que el ser humano tiene de trascender, de buscar más allá, y que no necesariamente tiene que ser a través de la religión, ni a través de Dios”, dijo en una entrevista a su amiga Montserrat Fernández.

A Nicaragua llegó por primera vez en 1980 para integrarse a la Campaña Nacional de Alfabetización y luego regresó en el 1983 para trabajar con las comunidades cristianas en zonas de guerra como Río Blanco, municipio de Matagalpa. Al pasar de los años se integró a la Sección de la Mujer de la Unión Nacional de Agricultores y Ganaderos de la región.

Un encuentro afortunado

En esos caminos, ya por el ‘89 se topó con Helen Dixon, una voluntaria de origen inglés, quien había llegado a Matagalpa a trabajar en radio participativa y educación popular. Ambas se identificaron como feministas y Helen, de la mano de Yeta, inició un proyecto de radio participativa con mujeres.

Además de las capacitaciones, el programa tuvo mucha pegada porque las mujeres hablaron de sus problemas y denunciaron públicamente la discriminación y violencia que vivían. Esto no les sentó bien a algunos líderes y cerraron el programa. Para Yeta y Helen esto fue demasiado y decidieron renunciar para formar un grupo autónomo entre y para mujeres sin que nadie les dijera qué podían o no hacer.

Así nace en 1991 el Grupo Venancia. “Tuvimos el sueño de hacer un equipo de capacitación para mujeres a través del cual pudiéramos ejercer libremente nuestra combinación de conocimiento, metodología y feminismo”, comentaron ambas durante un proceso de sistematización.

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La organización surgió con una propuesta estratégica de transformación social desde las mujeres, que también incluía una cultura organizativa diferente donde no había jefas ni jerarquías. Ambas coincidieron en trabajar en comunicación, educación popular feminista y promoción cultural en Matagalpa y zonas rurales de la región. Comenzaron con mujeres campesinas adultas y jóvenes de zonas rurales, y luego de la ciudad, priorizando siempre a los sectores populares.

Para Yeta “una feminista es una mujer que asume una concepción revolucionaria del rol de la mujer en la sociedad, de cambiar la misma concepción que ella tiene y la que tiene la sociedad del ser mujer. Es buscar un cambio de rol de igualdad, equidad, participación, donde la mujer se descubra como un ser completo, con todas sus potencialidades y que es capaz de vivir por sí misma, sin depender de otros y con las mismas capacidades que cualquier otra persona”.

Nuevos proyectos

Cuando ya el Grupo estaba encaminado, Yeta decidió irse para Managua a trabajar de forma independiente, retomando su línea de trabajo de teología de la liberación feminista. Junto con Montserrat, Madeline West, Blanca Cortés y otras compañeras crean la Comisión de Mujeres de Fe de la Red de Mujeres contra la Violencia.

Montse nos cuenta que juntas elaboraron una guía de reflexión cristiana para trabajar la violencia hacia las mujeres en las comunidades cristianas y también escribían artículos para una sección de la revista feminista La Boletina de Puntos de Encuentro.

Yeta también se unió a la organización Cantera y luego al Centro Antonio Valdivieso para trabajar como educadora con los grupos de liderazgo de base con quienes desarrolló los talleres de Biblia “con ojos de mujer”, donde abordaba no solo la espiritualidad, sino procesos de sanación del cuerpo y emociones con terapias alternativas.

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Sus críticas eran fuertes. “Las iglesias, a través de sus ritos, ejercen mucho poder y control sobre sus fieles, y uno llega a pensar que sólo ahí se desarrolla la dimensión espiritual. Actualmente la misa es un rito vacío, como una gimnasia: pónganse de pie, siéntense, arrodillénse, párense, contesten. Y la gente contesta en coro o rutinariamente como rezar el rosario. Para mí ese ritual, no sé qué tanto puede desarrollar la dimensión espiritual de las personas”, decía en la entrevista a Montse.

Su proyecto con mujeres sobrevivientes de cáncer

Para Yeta una de sus preocupaciones eran las personas enfermas. “Aquí en el barrio (San Antonio) con las vecinas de la capilla de la comunidad católica, ella salía a visitar a las personas enfermas. Ya después hizo el proyecto en el Valdivieso con las mujeres sobrevivientes de cáncer”, nos dice Montse.

Su amigo Jorge Vega, con quien vivió muchos años y a quien consideraba como familia, nos cuenta que se conocieron por amistades en común. Al ser laboratorista que hacía exámenes para detección de cáncer de cérvix, él notó que a las mujeres les faltaba acompañamiento emocional para sobrellevar la enfermedad. Por eso le planteó a Yeta la situación y en el 2008 decidieron elaborar un proyecto para abrir un laboratorio, brindar acompañamiento sicológico y apoyar a las mujeres.

Este fue el proyecto en el que Yeta trabajó durante sus últimos años con el apoyo de amistades como July Marciaq, Ángela Beteta y Mariela Vogler; Dorotea Wilson, Luz Marina Tórrez, Montse, Chepita Rivera y un amplio listado de personas solidarias con la causa. Así nació el laboratorio 7 de Abril, por ser el Día de la Salud Mundial, y se creó el grupo de sobrevivientes a partir del contacto con la Asociación de Mujeres contra el Cáncer.

El grupo se reunía una vez al mes y Yeta coordinaba las capacitaciones en salud, alimentación, ejercicios, acompañamiento sicológico, entre otros aspectos. Jorge cuenta que todos los fines de año organizaban un viaje al mar. El grupo ha seguido activo hasta antes de la pandemia a pesar de no contar con financiamiento.

La Yeta cercana

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En el 2015 Yeta recibió la Orden Josefa Toledo en el grado defensora de Derechos Humanos de parte del Movimiento de mujeres y feministas de Nicaragua, para reconocer su aporte al bienestar, desarrollo y empoderamiento de las mujeres.

A Yeta le encantaba vivir en comunidad y ofrecer su casa como punto de encuentro para cualquier necesidad o celebrar todas las ocasiones posibles, desde actividades religiosas ─como el famoso desayuno de Pascua del Domingo de Resurrección─ hasta cumpleaños, efemérides o lo que fuera. Era tan transgresora y ocurrente, que durante varios años su casa fue la sede del “Club de los lunes”, que no era más que su grupo de amigas feministas que se reunían ese día a comer, beber y bailar porque todo estaba cerrado.

Jorge nos cuenta que ella era tan generosa que una vez él hizo un sopón y ella le dijo que invitaran a más gente a comer porque era demasiada cantidad, y en su afán de compartir repartió toda la sopa y ellos se quedaron sin almuerzo. “Era una persona alegre, extrovertida, inteligente, y lo más primordial, servicial a cualquier persona. No tenía distinciones hacia nadie, se despojaba de todo lo que tenía y después estaba preocupada y me decía ‘no tengo esto, porque todo lo regalé’. Nos quisimos mucho, como familia”.

Montserrat nos cuenta que entre sus papeles importantes guardaba dos quejas: una nota de sus vecinos reclamándole por la bullaranga en día laboral y un papel de la Alcaldía reclamando por el cerco de su jardín, al no encontrar asidero legal para increparla por la denuncia que, efectivamente, hizo alguien del vecindario.

Al enfermar en 2016 se creó una gran red solidaria de cuidados y cariño en sus últimos días. Este próximo jueves 27 de agosto celebramos su vida a cuatro años de su partida. Su fallecimiento a los 79 años nos dejó con un gran dolor, pero sus risas, su filosofía de vida y su legado nos siguen guiando. Por eso honramos a nuestra Venancia mayor que sembró semillas por donde pasó. ¡Hasta siempre Yeta!

Fuentes: sistematización Once años de experiencia del Grupo Venancia, 2002. Entrevistas con Jorge Vega, Montserrat Fernández y transcripción de entrevista realizada para la tesis Concepciones sobre espiritualidad de educadoras feministas de la Nicaragua de inicios del siglo XXI, 2019, de Montserrat Fernández. 

Agradecemos a Helen Dixon y a todas las amistades que nos hicieron llegar fotos de diferentes momentos de su vida.

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