“La revolución me sacó de la casa”

Matagalpa a mediados de los años 70. Esmeralda era un estudiante de secundaria de 16 años y muchas ganas de hacer cosas. Animada por una familia que colaboraba con el Frente Sandinista, se convirtió en “correo” que llevaba y traía información, además de apoyar en logística preparando paquetes con comida, ropa, accesorios y llevándolos a militantes en la clandestinidad.

Su apoyo se mantuvo hasta el 78-79, ya casada y con una hija, ofreció su hogar como casa de seguridad a jóvenes con quienes compartía el sueño de liberar el país de la dictadura somocista. A continuación compartimos su testimonio:

Yo me meto a la revolución porque siempre creí en los cambios sociales y políticos más profundos, siempre creí en la justicia social. Pensaba que podía haber cambios sobre todo para la gente más pobre. Ahí es donde nos embarcamos un montón, pensando que iba ser el camino para que viviéramos en igualdad de condiciones.

Mi entrega fue auténtica: primero estuve alfabetizando, luego en los Comités de Defensa Sandinista (CDS), siempre en la parte organizativa y política, visitando a la gente de los barrios hablando de lo que significaba el proyecto de la revolución. Era lo que se llamaba “militante de base”.

También fui a cortar café y estuve en las milicias populares. Yo nunca había visto mujeres en espacios normalmente masculinos como las milicias. Eso fue bien importante para mí. Fui parte de un batallón de reserva, igual que otras mujeres. Nos movilizaban al campo, andábamos armadas porque circulábamos en zona de guerra, andaba la Contra cerca, eran momentos difíciles.

Integrarme en todo ese proceso me permitió abrir los ojos como mujer. Con la revolución reafirmo que tenemos iguales derechos que los hombres, además porque nos los ganamos, nadie nos los regaló. La revolución me sacó de la casa y me organicé. Dar ese paso fue una cosa importantísima, fue la oportunidad para que muchas mujeres salieran del trabajo doméstico.

Mi marido no puso peros porque también era militante, pero también porque la familia aseguraba parte de mi rol. Por ese trabajo ibas para el monte y dejabas familia, hija, marido, todo por defender la revolución. En ese momento pensar en situaciones personales no se veía bien porque lo primero era “la patria”.

No teníamos vida, trabajábamos de día, y de noche y fines de semana hacíamos las visitas para el trabajo político. Para poder estar con mi hija, me la llevaba a los entrenamientos o a los cortes de café. Hubo momentos en que no había tiempo para casa ni hija, quienes creímos en ese proyecto nos entregamos en alma, vida y corazón.

Pero siempre hubo machismo. Una vez me apunté a hacer refugios antiaéreos por una amenaza de invasión y cuando llegué me mandaron a la cocina y yo protesté, aunque me vi obligada a hacer un turno, luego me mandaron a cavar las zanjas. Yo oía cómo algunos jefes menospreciaban el trabajo de las mujeres, en especial de Amnlae (Asociación de Mujeres Luisa Amanda Espinoza).

Mi contacto con el feminismo

Al perder las elecciones yo seguí creyendo en el proyecto hasta que el partido cambió su filosofía y su práctica. Antes no lo miraba. Pero todo fue un gran aprendizaje y un proceso que me llevó a asumirme como feminista. En los 90 me topo con mujeres organizadas ya fuera del partido y me siento con esa inquietud de profundizar en los derechos de las mujeres. Entré en esa reflexión del derecho a decidir en todo: cuerpo y vida, y ahí me doy cuenta que el proyecto revolucionario falló con las mujeres.

El pensamiento feminista cubre todos los ámbitos, es más integral y más integrador. Nosotras queremos cambios más profundos no solo en la política, el espacio público, sino también en la casa. La sociedad piensa que queremos desplazar a los hombres y lo que buscamos es igualdad de condiciones y derechos.

Cuando una como mujer ha vivido experiencias de desigualdad o es testigo de lo que le pasa a otras, eso nos ayuda a tomar conciencia, a ponerte en sus zapatos. Nos moviliza a la acción, nos permite ver otros puntos de vista. Mi punto de partida fue saber que tenía derechos y debía defenderlos. Hay una frase que dice que la única forma de apoyar una revolución es hacer la tuya. Yo siento que la hice.

* Las imágenes de los afiches fueron extraídas de la publicación La revolución es un libro y un hombre libre. Los afiches políticos de Nicaragua libre y del movimiento de solidaridad internacional (1979-1990),Bujard Otker y Wirper Ulrich, IHNCA, 2009.

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